Máquinas Divinas entre Bestias
Transitamos por una vida diaria con deseos, aspiraciones, creencias, afecciones y sentimientos que dan forma y sentido a nuestra vivencia, esto implica que creamos lazos de confianza y bienestar en un entorno que nos arropa y llena de seguridad, así estamos protegidos del daño, del sufrimiento y del abandono. Y aunque este sentido de pertenencia es aparentemente natural, también implica la regulación social, que se desarrolla en a través de un espíritu de comunión donde los sujetos aislados entre sí pueden vivir en convivencia, somos seres aislados sólidamente uno del otro y la convivencia crea condiciones donde la relación entre nosotros hace que estos cuerpos sólidos entren en interdependencia, de esta manera, los neurotransmisores que ahora se encuentran en las palabras allanan y reordenan los distintos organismos y los encéfalos sólidamente aislados comparten a través de neurotransmisor-palabra entornos aprendizajes que gobiernan los cuerpos, incorporando al individuo en la relatoría colectiva del mito y el rito. De esta manera, los deseos, aspiraciones, las afecciones y los sentimientos se colectivizan dejando atrás el mito moderno del individuo.
Así, podríamos pensar que las aspiraciones colectivizadas mantienen una civilización solidaria y aspiramos a ser mejores personas en los términos colectivizados de la mano de la razón, y porque no podemos estar solos, acudimos a un recurso seguro ante la amenaza del caos; para seguir aspirando a lo alto, a lo divino y encontrarnos con Dios (o por lo menos los astros) que determine nuestro destino desde lo alto omnisciente y omnipresente, para que las almas no se dejen corromper, sino que ellos mismos, soldados del destino también arremeten contra cualquier amenaza que nos regrese a la animalidad. Entonces la amenaza es extinta por la fe en la razón, Deux ex Machina restituye el orden y la animalidad corrupta es apagada, unidos todos en un frente común, los buenos ciudadanos contemplan la extinción del animal en una ovación pública que celebra la muerte de la bestia, el caos informe ahora está encerrado, abatido, controlado, penalizado, prohibido, reconstituido, eliminado, limpiado. De esta manera, la observancia implacable de la masa, del buen orden desarrollado por la consciencia dentro de la ficción de Dios “sana” las heridas cancerosas aplacando cualquier aspecto de brutalidad que mantiene cohesionadas nuestras relaciones.
Así recobramos nuestro sentimiento de seguridad, el que nos regresa al deseo de no ser bestias, nos embarga lo celeste en un sentimiento de seguridad que nuestro cuerpo imperfecto trata de superar, de esta manera, nuestra cabeza trata de separarse de nuestro cuerpo y vivir con las almas en el cielo, intercambiando la muerte por algo digno e ignorar la espantosa animalidad que implica comer, cagar y mear. Para fortuna poseemos aspiraciones que elongan nuestros cuerpos hacia arriba tanto como sea posible, esta elongación nos separa del suelo sucio y corrupto producto de nuestro pasado animal y tras el sentimiento traumático y de culpa de haber sido bestias nos persigue el horror al ser bestias deseantes.
En Máquinas Divinas entre Bestias presenciamos el hastío de la repetición de la máquina secuencial y constructora que aplaca a la posibilidad y deviene el estallido visceral que acontece como un derrama de pertenencia con el mundo, porque el arte terapéutico que conforma a ciudadanos a participar en el mundo a pesar de las penurias es sobrepasado dibujos no hacen más que reclamar el mundo como propio, y el mundo reclama por su pertenencia con él. De esta manera nuestro andar es desplegado en fracciones que redistribuye el cuerpo en visiones parciales de nuestra carnalidad, podríamos pensar que los pequeños personajes que somos, los que por instantes brotan del el alma como un pequeños cánceres que amenazan con su fealdad y que enseguida vuelven a retraerse para permitirle paso a otros cánceres, el cuerpo estalla, brota de sí una nueva significación de Dios, el orden vital es atravesado por la pulsión de muerte que se encuentra cambiante mente vivo, lo vivo ahora es lo que no se distingue sino por su propia naturaleza porque bajo esta lógica lo vivo no es es lo distinguible y claro, sino lo presente e imperfecto, aunque en comunidad procuramos que nuestra fealdad no salpique al prójimo con nuestro hedor a vivo.
De esta manera, nuestros órganos se encuentran distendidos en todo el espacio, disgregando deseos, placeres y afecciones por un campo que nos permite fundirnos con la naturaleza y con Dios, porque ya no nos pertenecemos y Dios ya no existe. Y así, feos, sin forma y en contacto con la nada construimos frases de corta y potente duración, donde nuestras carnes se tocan con la de los otros, hemos fumado la hierba de la nada y nuestros amigos son nuestra cara, y no podríamos estar con nadie en estos momentos de desatención, no podríamos habitar nada que no sea el espacio orgánico de paredes intestinales, de órganos reptantes donde nuestros cánceres de alma ya habitan en los objetos y donde nuestras mucosas habitan la piel del otro, diseminando la pertenencia de nadie en favor de construcción de todos sobre todos. Así, el tan esperado final de los tiempos no es otra cosa que la total descomposición a lo que originalmente pertenecemos, por eso el fin del mundo no es la destrucción de la individualidad a través de la guerra, la apocalipsis, la invasión zombie ni la rebelión de las máquinas, sino el regreso al origen, de donde no debió originarse la humanidad, por eso parecemos tontos queriendo domesticar todo como nos domesticamos a nosotros mismos.
Los muros, los espacios privados, la diálogos corteses, las miradas respetuosas y las cuidados suelen ser la precaución por no transgredir la individualidad y el horror a desaparecer, de esta manera, los dibujos en Máquinas Divinas entre Bestias hacen pensar que la única manera de domesticarlos no es sino enmarcándolos, encerrando a esas bestias salvajes en marcos a modo de jaula, por el peligro a que vayan a extenderse por los muros, por nuestros cuerpo y se vayan a meter a nuestras conciencias corrompiéndolas, sin embargo, en este zoológico de protohumanos encerrados por lo menos podemos ver una posibilidad de lo que podríamos ser… algún día, cuando no tengamos tanto miedo, cuando las cosas simples terminen de habitar y cuando los espacios sean gobernados por lo que al fin y de cualquier modo somos.